Solo, triste y abandonado, murió “La Loca Teresa”

La feria de la Vieja Terminal palpita al ritmo normal de todos los días: los feriantes intentan vender lo que se pueda a los pocos transeúntes que caminan entre los puestos. Es temporada baja para las ventas y el atardecer invernal y de fin de mes no invita a muchos compradores. A pocos metros, con solo cruzar la calle, yace sin vida el cuerpo de Juan Peralta, más conocido como La Loca Teresa. Está todavía sobre la cama en la que durmió durante los últimos años, en una pensión que compartía con tres personas más, tan humildes y solitarias como él. Han pasado más de tres horas de su muerte y todavía no han reclamado su cuerpo. Tal vez nadie lo haga. 

La indiferencia de la Vieja Terminal a su muerte, contrasta mucho con los años a los que Juan, o La Teresa, le dedicó a ese mismo lugar cargando maletas de viajeros a cambio de monedas que le permitieran comer. Hasta no hace mucho, continuaba con su oficio de maletero en la Nueva Terminal, pero sus problemas de salud ya no le permitían tanto esfuerzo físico por lo que debió buscar otras formas de ganarse la vida. 

Solo dos policías en bicicletas custodian la puerta de la pensión a la espera que lleguen los forenses y los del departamento de legales. Con ellos conversa el otro Juan, un señor de 75 años, jubilado, que dormía en la habitación de al lado de La Teresa. “Es verdad, hoy lo encontramos muerto y dimos aviso a La Policía”, confirma el vecino. 

“Él vivía de una jubilación y cuando podía salía a vender alfajores, pero desde hace varios días que ya lo notaba deteriorado de salud, le costaba caminar y ya casi no salía”, revela el hombre. “Hace unas semanas se había caído en la calle y lo trajeron a la pensión todo golpeado, con la cara ensangrentada y el ojo hinchado”, cuenta su vecino que compartió pensión desde hace “unos cuatro años”, pero no solían cruzarse mucho. “A la noche se lo escuchaba quejarse un montón, como si estuviera sufriendo, muy dolorido”, confiesa. 

La Teresa había sido un personaje pintoresco del fútbol tucumano, que allá por los años 70 y parte de los 80, solía irrumpir en los campos de juego y en los alambrados, especialmente, en la previa de los clásicos, con bailes que por entonces eran festejados por todos y que, paradójicamente, décadas después, las nuevas generaciones, que no lo conocieron, utilizaron para las chicanas futboleras.

Cuenta la leyenda que, por motivos desconocidos, un día fue patoteado brutalmente durante un partido y desde entonces no volvió a la cancha. Más allá de esa versión que este diario no logró confirmar, lo cierto es que el personaje desapareció de los primeros planos y no volvió a ser visto. Sin embargo, sus vecinos confirman que nunca dejó de seguir a su San Martín querido y que, con mucha dificultad, caminaba hasta la Refinor que queda detrás de la Vieja Terminal para ver los partidos. 

Pasadas varias horas de su muerte, ningún familiar había reclamado el cuerpo y, según el personal policíal, si nadie se hace cargo de su velatorio, será trasportado de manera directa al cementerio. 

“Una sola vez vino un sobrino a visitarlo y se fueron a almorzar a la esquina”, revela su vecino. Este diario pudo averiguar que alguna vez fue invitado por unos primos a pasar una Navidad y que el año pasado recibió la visita de una hermana que vive en Buenos Aires. Más allá de eso, La Loca Teresa vivió los últimos años de su vida en la más absoluta de las soledades. Y así murió.

Fue un personaje conocidísimo que trascendió generaciones, denostado y utilizado para las chicanas, pero que también interpeló al machista mundo del fútbol hace más de 40 años. Aunque parezca mentira, todavía hoy hay reaccionarios que lo evocan negativamente. Sin embargo, su legado, probablemente involuntario, seguro tomará más valor con el paso de los años.

Puerta de ingreso a la pensión donde murió Juan Peralta

Fuente: eltucumano

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